Resumiendo mucho las cosas, podríamos afirmar que Derrida, en aras a hacer plausible la idea de una gramatología, se enfrenta a dos tareas fundamentales. De un lado, se ve compelido a liberar al signo de su adscripción a una semiología de carácter fonocéntrico; de otro, se trata de generalizar el trabajo de la diferencia (archi-escritura) más allá de su limitación regional al terreno de la lingüística.
A partir de aquí se puede comprender mejor que Derrida haya podido someter tanto a Husserl como a Saussure a la misma operación crítica, demostrando respectivamente cómo la huella trabaja desde dentro tanto el concepto de impronta psíquica (tributario aún de una psicología cognitiva pre-fenomenológica), como el de retención (la huella retencional es el mínimo de alteridad que, al desviarse del concepto de presencia, permite la emergencia de la proto-impresión, en torno a la cual gravita y se constituye —como se sabe— el flujo de conciencia como estructura reflexiva universal).
Marc Richir. « Le nulle part me hante » | Philosophie magazine
Un pensamiento de la huella se abre paso, tácitamente y quizás al redropelo, en Las lecciones sobre la conciencia del tiempo interno. La exposición derridiana de esta problemática habita, conservada con diversos matices, todos los análisis richirianos de la temporalidad.
Sería fácil demostrar cómo la desregionalización de la diferencia, a pesar de recaer sobre la fenomenología con todo su peso crítico y deconstructivo, designa y se articula como un movimiento de inspiración fenomenológico-trascendental. Precisamente por ello escribe Derrida lo siguiente:
Para pensar radicalmente el juego es necesario, por lo tanto, primero agotar seriamente la problemática ontológica y trascendental, atravesar paciente y rigurosamente la pregunta por el sentido del ser, del ser del ente y del origen trascendental del mundo —de la mundanalidad del mundo—, seguir efectivamente y hasta el fin el movimiento crítico de los problemas husserlianos y heideggerianos, conservarles su eficacia y su legibilidad. Aunque fuera bajo una tachadura, a falta de la cual los conceptos de juego y de escritura a los que se haya recurrido permanecerán aprehendidos en límites regionales y en un discurso empirista, positivista o metafísico. (p. 65)
La reducción husserliana designa ante todo una operación anárquica. Su carácter anárquico se cifra en la desregionalización que propulsa. Esta culmina en una suerte de deshumanización: si bien la conciencia trascendental solo puede ser susceptible de ser exhibida con todas sus estructuras eidético-trascendentales al hilo de la explicitación universal de la constitución del mundo, ella no puede por menos que comparecer como espacio desregionalizado, como huella anárquica de la psicología intencional, como su otro fantasmático e irreductible, como aquel vértice que, saliéndose y exentuándose del sistema, lo corona sin cerrarlo.
Husserl —y esto es algo que Richir muestra de forma brillante en su Mémoire—, repitiendo el mismo aspaviento metódico que ya había ejecutado en Las lecciones, mas en un nivel más avanzado de la complicación génesis/estructura que (si creemos a Derrida) anima toda su obra, reterritorializa la huella anárquica que la reducción venía de liberar.
Si entendemos bien la interpretación que Richir parece adoptar (¿se puede hablar aún de interpretación allí donde la exégesis se transforma en carne operativa?), el proyecto gramatológico de J. Derrida vendría a retomar y radicalizar el ademán anárquico y desregionalizador que Husserl había osado efectuar en varios textos, pero sólo para decapitarlo con simultaneidad casi inmediata.
Dicho esto, pongámonos a la escucha del siguiente fragmento de De la gramatología:
Es que la archi-escritura, movimiento de la diferencia, archi-síntesis irreductible, abriendo simultáneamente en una única y misma posibilidad la temporalización, la relación con el otro y el lenguaje, no puede, en tanto condición de todo sistema lingüístico, formar parte del sistema lingüístico en sí mismo, estar situada como un objeto dentro de su campo. (p. 93)
La archi-escritura, entendida como diferencia originaria, se establece, siguiendo lo dicho, como un “principio” que rompe con toda regionalización del diferir, con toda sutura de la apertura. Es decir, no pertenece a ningún campo constituido (ni al de la lingüística, ni al de la psicología, ni siquiera al de la lógica trascendental), porque es la imposible condición de posibilidad de todos ellos.
Derrida, dando rienda suelta a una pulsión inconsciente que Husserl no habría cesado de reprimir, dinamita el concepto mismo de región, al mostrar que todo sistema de significación presupone una huella diferencial completamente anárquica, la cual no puede tematizar sin interrumpir o traicionar la coherencia regional del movimiento mismo.
Jacques Derrida: biografía de este filósofo francés
Relectura desde Richir y la ijnética
Resumamos brevemente lo dicho hasta aquí: Husserl habría esbozado, a través de su método trascendental-reductivo, la apertura de un espacio desregionalizado (la conciencia trascendental como campo no-natural, no psicológico), pero al intentar tematizar esta apertura como estructura sistemática (por ejemplo, en la forma del flujo retencional), no pudo sino revertir la radicalidad de su ademán en el instante mismo de su invocación.
En lugar de dejar abierta la huella como alteridad operante (archi-escritura), cede a la reabsorción retardativa de esta en el seno de una síntesis trascendental, en una síntesis de (auto)identificación, entregándose así las cosas a una economía restringida que sutura el juego de la diferencia.
Todo esto es de suma importancia, porque rotura el espacio en el cual Richir avizorará la posibilidad de reinstaurar la fenomenología como arquitectónica de la holladura, de la inscripción, del sentido en su Stiftung.
De hecho —y aquí lanzamos osadamente la tesis que anima estas líneas— pensamos que toda la cuestión de la arquitectónica puede ser comprendida como la puesta en obra de la sugestión derridiana, según la cual la archi-escritura abriría “simultáneamente en una única y misma posibilidad la temporalización, la relación con el otro y el lenguaje”.
Reformulando las cosas retar-dativamente —es decir, desde el ángulo que la fenomenología richiriana habilita al borde de la cloture—, podemos afirmar sin riesgo a despeñarnos por el alféizar acróbata de la especulación, que la cuestión de la archi-escritura es simultáneamente consectaria de la cuestión de la Stiftung. Derrida cita aquí tres diferentes marcas de la diferencia: tiempo, alteridad y lenguaje. Richir, a nuestros ojos, opina que la desterritorialización de la diferencia abre todo un registro de marcas: junto a la alteridad, la temporalidad y el lenguaje, analizará la Stiftung de la percepción, de la imaginación, de la fantasía, etc. La arquitectónica propone en realidad una topografía general de la marca, una —hacemos constar que el neologismo es nuestro— ijnética (del griego ἴχνος (huella, rastro, vestigio)).
En Richir, el pensamiento de la huella se concreta (sin reducirse) en su teoría de las Stiftungen (instituciones simbólicas), donde se produce la transposición arquitectónica de la diferencia: las huellas simbólicas no son sólo restos, sino matrices que instituyen experiencia, mundo, temporalidad, etc. La ijnética, en Richir, se convierte así en arquitectónica del sentido, es decir, en una doctrina de la transposición que observa la diferencia a través de las marcas en que ella se transpone, oculta e instituye. Si esta operación también puede ser designada como una tipología general de la marca, no podemos sino hacer constar que el semantema τύπος solamente puede ser entendido en su sentido etimológico más primitivo: como (marca, impresión, golpe, impronta). Se trata, así las cosas, de una tipología comprendida como doctrina general de la marca. La fenomenología arquitectónica surge entonces como la generalización ijnética de la gramatología. Desde este punto de vista, parece evidente que el concepto de σημεῖον (signo) designa ya una decantación transpositiva (es decir, una regionalización ijnética) de la diferencia.
Si Derrida nos obliga a pensar que no hay origen sin huella, Richir nos enseña que no hay sentido sin Stiftung, sin institucióm simbólica que plasme, territorialice (pero sin cerrar) la apertura anárquica del aparecer. La arquitectónica es, por tanto, una tipología dinámica de la huella, no en su estado estático, sino en su potencia transpositiva: ese modo de paso en el que el sentido se hace, sin nunca clausurarse.
En este tránsito, la huella deja de ser solamente índice de una diferencia general desregionalizada y se convierte en matriz simbólica del mundo, en semilla del aparecer. La ijnética no sustituye a la archi-escritura; la encarna en la modulación fenomenológica de su despliegue.
Tipología de la arquitectónica
La arquitectónica se decanta, en todo rigor, en al menos cuatro categorías:
- Topografía: analiza las relaciones entre marcas (por ejemplo: entre fantasía e imaginación; imaginación y percepción; fantasía e intropatía o recuerdo e imaginación).
- Tipología: se hace cargo de toda la panoplia de Stiftungen que cementan la institución simbólica.
- Topología: estudia los diferentes niveles de las Stiftungen según una jerarquía de la arcaicidad.
- Ijnética: estudia la dinámica de la inscripción como transposición del sentido en diferencia.
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El campo simbólico como fundación del sentido
«El campo del ente, antes de ser determinado como campo de presencia, se estructura según las diversas posibilidades —genéticas y estructurales— de la huella.» (p. 63)
¿Qué significa posibilidades de la huella? ¿Qué posibilidades genéticas? ¿Qué posibilidades estructurales?
Estas son las preguntas sobre las cuales se constituye la ijnética richiriana.
La arquitectónica se establece como el pensamiento de un sentido en diferencia que se traspone a lo largo de un campo de huellas, ellas mismas móviles, inestables, irreductibles a presencia plena.
La ijnética, así entendida, no sustituye a la archi-escritura derridiana, sino que la encarna fenomenológicamente, haciendo de cada Stiftung simbólica una marca del mundo, una inscripción anónima que engendra sentido sin jamás clausurarlo (siendo incluso la huella o condensación simbólica que haber el espacio de su infinita determinidad).
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Hipérbole, huella y sublime
La hipérbole no concibe la escritura como instrumento de representación fonocéntrica; ni siquiera representa la escritura, sino que representa el pensamiento como escenificación de un vivir diferido por la escritura.
El sublime, tal como lo trabaja Richir, se constituye en una vivencia hiperbólica que reduce el pensar al estatuto de un archi-signo: no pensamiento que se representa a sí mismo, sino pensamiento que comparece como efecto de una inscripción que lo precede, lo habita, lo abre sin clausurarlo.
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La ijnética como reinscripción simbólica del fracaso trascendental
En esta linde entre el cumplimiento y el fracaso del proyecto trascendental, comienza a esbozarse la necesidad de una ijnética: una disciplina nacida del parpadeo fenomenológico, del gesto iterado de la reducción que nunca se cumple del todo, pero que —en su no cumplimiento— deja emerger una diferencia constitutiva.
La ijnética brota de la repetición misma del fracaso: de ese intento siempre renovado de alcanzar una actitud trascendental que, por ser suficientemente general, haría aparecer la no pertenencia originaria como tal; pero que, al ser todavía singular, deja esa generalidad en suspenso, en estado de effacement, de juego, de intermitencia.
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Cierre
En ese intersticio entre el gesto y su desvío, entre la autoafección y su différance, el pensar encarna —en los márgenes del cierre de la metafísica— la posibilidad empírica (aunque ya no simplemente empírica) de pensar su propia huella: lo propio como huella, la identidad como marca anónima, como trazo anárquico que no se deja reunir en totalidad alguna.
La ijnética no es, así entendida, una superación del fracaso trascendental, sino su reinscripción simbólica: una forma de pensar el sentido en su transposición incesante, como cumplimiento inacabable de una promesa que, por no cerrarse, no deja de instituir, la entraña huella de la huella que hace recomenzar la filosofía, recomenzar el comienzo mismo, pero de otra forma.
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