El concepto de “cuerpo sin órganos” desempeña un papel preeminente en el pensamiento de Deleuze-Guattari. A pesar de ello, se antoja en extremo difícil transformar en una empresa exitosa el intento de revelar los recorridos, avatares y peripecias que el cuerpo sin órganos va describiendo (¿se puede hablar aquí de escritura1?) a través de la vasta red de conexiones conceptuales que entretejen y ensamblan la máquina de producción en la que consiste el pensamiento Deleuze-Guattari. El cuerpo sin órganos se configura como una muchedumbre de aspectos, como un fenómeno polimórfico y multiresonante que siempre parece comportar más de lo que el lenguaje que lo mienta pretende y puede decir2. De esta situación rinde (en sentido literal) testimonio la manquedad con que el cuerpo sin órganosrpo sin órganos suele quedar retratado en la literatura secundaria. Este nos sale al encuentro transformado en un muñón balbuciente, incapaz de satisfacer nuestro afán de comprender hasta el fondo y de parte a parte su meollo conceptual. Se da el caso de que casi todas las referencias que hallamos tan solo transportan aspectos parciales del mismo. Este hecho no merecería especial relevancia, si esta parcialidad en el tratamiento no fuese acompañada por la costumbre de investir con una función explicativa y una ambición sistemática demasiado pretenciosa lo que no nos ofrece sino un retrato mutilado de algo que en realidad es mucho más complejo, ostentoso y múltiple. Esta situación da a menudo lugar a la extensión de un aval cuando menos precario, porque toma como fuente de crédito un concepto cuya enjundia se halla repartida entre innúmeras bifurcaciones, requiebros y compuertas a doble fondo, sobreexcediendo con mucho sus3 tentativas de aprehensión. En realidad, el cuerpo sin órganos funciona en las profundidades del pensamiento Deleuze-Guattari como un concepto operativo. Abrimos un hilo en este bloc con la intención de perseguir el cuerpo sin órganos tal y como se muestra en el Anti-Edipo4 a través de todas sus prefiguraciones y tratamientos. Sin más dilación nos adentramos en las páginas de esta obra.
El cuerpo sin órganos: como producción estéril
El concepto del cuerpo sin órganos hace su debut en el seno de la explicación de las síntesis productiva y conectiva. Mientras que la primera síntesis produce las cadenas o series lineares-binarias que vinculan transversalmente a las máquinas deseantes, brota de la segunda síntesis la identidad producto-producir5. El cuerpo sin órganos aparece en este contexto como lo improductivo. Si la característica de todo producto estribaba, según la síntesis de producción, en ser producto-producción, es decir, en admitir (e incluso exigir) su reinversión en el proceso de producción primario como nuevo factor productivo, el cuerpo sin órganos se nos presenta como una anomalía en la lógica productiva del quehacer sintético en que consiste este proceso. Esta anomalía reside en el hecho de que el cuerpo sin órganos se manifiesta como lo “improductivo”, aunque sea, por su parte, “producido a su tiempo y en su lugar en la síntesis conectiva como la identidad del producir y del producto” (Deleuze-Guattari, 1972, p. 14).
El cuerpo sin órganos es, por lo tanto, “generado” en el seno de la producción primaria como la excepción a toda producción, el sitio de la no-producción en las sentinas mismas de la producción. Y si bien es susceptible de ser reinvertido, lo hace como aquello que al entrar en los circuitos de la producción instaura la disfuncionalidad (detraquément) en las máquinas deseantes y, por ende, en el proceso primario en su conjunto: “las máquinas deseantes no funcionan más que estropeadas, estropeándose sin cesar” (p. 14).
¿Hemos de asumir entonces que el cuerpo sin órganos es una “realidad” concomitante e incluso intrínseca al proceso primario? Eso es lo que sugiere tanto la cita que acabamos de ofrecer como la asimilación del cuerpo sin órganos al concepto de pulsión de muerte (p. 14).
Pulsión de muerte: ¿motor inmóvil de la producción?
Por un lado, si las máquinas deseantes solo funcionan estropeándose o qua estropeadas, hemos de concluir que tanto el estropearse como aquello que las estropea, lejos de tener que ser pensado como una fatalidad extrínseca o un carácter accidental de la producción, conforma más bien un aspecto intrínseco de la misma. El desajustarse o estropearse va infartado en el “ser” de la máquina deseante como su sombra o su reverso. El cuerpo sin órganos es una necesidad del proceso, tomando el término “necesidad” en su sentido etimológico (necesse, ne cedo): lo ineludible, lo que ni cede ni pude ceder, lo que, por ser parte esencial de una cosa, no sabrá retirarse de ella. Esto se da tanto más en el caso de la producción, por cuanto que el cuerpo sin órganos la afecta 6de manera tan esencial como ineludible. Esta ineludibilidad, esta ne-cesidad del cuerpo sin órganos como afección de la producción se fundamenta en el hecho de que toda producción delata o consigna fatalmente la emergencia de un orden dado. La organización es algo que necesariamente le pasa o sucede a la producción, introduciendo en ella pautas, ritmos y estratificaciones, mas también la sombra de la represión y la arbitrariedad, como se verá más adelante.
La emergencia de la organización en el seno de la producción viene definida por la correlación que se va conformando tan incipiente como inexorablemente entre las diversas máquinas deseantes: aquí una máquina-pezón para una máquina-boca, allá una máquina-rayo/dios para una máquina ano (Schreber), etc. De este modo van surgiendo constelaciones de máquinas de máquinas y productos de producto-producciones, toda una cartografía de flujos y de máquinas por las que transitan.
En lo que toca a la asimilación del cuerpo sin órganos a la pulsión de muerte leemos lo siguiente: “El cuerpo pleno sin órganos es lo improductivo, lo estéril, lo no engendrado, lo inconsumable. (…) Instinto de muerte, tal es su nombre (…). Pues el deseo desea también la muerte, porque el cuerpo pleno de la muerte es su motor inmóvil, del mismo modo que desea la vida, pues los órganos de la vida son la working machine” (p. 14).
Pero ¿cómo hay que entender esto? ¿En qué sentido puede el deseo desear la muerte, comportarla como su motor inmóvil? Esta cuestión implica, a no dudarlo, toda una serie de dificultades. La respuesta satisfactoria de la misma conlleva la explicitación de toda una serie de aspectos: ¿Qué entiende Deleuze-Guattari7 por pulsión de muerte? Si la introducción de este concepto freudiano ha de ser algo más que una excentricidad, ¿cuál es entonces la estructura fenomenológica de su manifestación en el conjunto de la producción? ¿Dónde radica su atestabilidad? ¿Y cómo entender que la pulsión de muerte sea descrita cómo una parte inmanente del deseo, si según Freud era precisamente aquello que, trascendiendo la lógica del deseo, estaba llamado a fundar un estrato del inconsciente aún más primitivo que aquel en el cual se asentaba el principio de placer? En la búsqueda de una respuesta a estas cuestiones estriba la tarea que nos proponemos abordar en los párrafos subsiguientes.
Deseo, producción y determinación
El deseo es producción. Toda producción cuaja inexorablemente (o hace que cuaje) en un orden distinguible, en una organización determinada (agenciament). En el ensamblaje de los flujos, en el proceso de conexión de las máquinas deseantes entre sí, van aflorando semi-órganos, pequeñas colonias de objetos parciales unidos entre sí por un mismo flujo al que además determinan (seccionándolo, empalmándolo, desviándolo). Estás células de producción (siempre aún y siempre ya máquinas de máquinas) apuntan a formas de organización más complejas. Mas ¿con qué derecho se puede hablar en este contexto de organización y estructura? En este punto se nos impone la necesidad de hacer una importante precisión: Cuando se habla de organización, organismo u órgano como “efecto” del proceso de producción primaria, no se está diciendo (o queriendo decir) que tal organización tenga que ser concebida como el resultado o la plasmación de un plan previo a su surgimiento (concepto determinante), como si existiese un télos, fin o meta en el seno de la producción (en-telequia) que imantase su desarrollo hacia la consecución de un resultado o Endzustand. El término “organización” (en tanto que agenciamiento) alude aquí, por el contrario, sencilla y llanamente a la formación facticia de estructuras espontáneas como máquinas de máquinas en el elemento del puro devenir (Deleuze, 1969, pp. 7). Los órganos se forman y conforman según la no-lógica del deseo, de manera análoga a cómo surgen, pongamos por caso, los accidentes orográficos, es decir, espontáneamente y sin concepto comandante. El deseo desconoce la inmanencia del concepto. Si da lugar a conceptos, a formaciones productivas significativas, estas se forman en la trascendencia de la producción, jamás en la inmanencia del deseo. En su inmanencia, el deseo es tan solo y puramente deseo del deseo, pura cualidad sin concepto.
La inevitable tendencia de la producción hacia la complejización a través de la determinación de los flujos (admisión-corte) y la subsiguiente creación de nuevos niveles de producción, es lo que en sentido estricto propicia la entrada en juego del cuerpo sin órganos. Este emerge de entrada como un “enorme objeto indiferenciado” (Deleuze-Guattari, 1972, p.p. 14). Este objeto indiferenciado surge como cualidad pura8 de la desazón del deseo frente a la tendencia a la disposición y organización en que deriva todo proceso productivo: “Se diría que los flujos de energía están aún demasiado entrelazados, los objetos parciales demasiado orgánicos. […] en el seno de la producción el cuerpo sufre por estar así organizado, por no tener otra organización, o por no carecer de organización en absoluto” (p. 14)
En su emergencia contrasta el cuerpo sin órganos9, por lo tanto, con la tendencia a la complejización progresiva de las estructuras a las que dan pie las conexiones entre los objetos parciales en su concatenación (binarización): de las relaciones transversales que median entre las máquinas deseantes, de los flujos y reflujos del deseo, de sus admisiones, cortes y reelaboraciones, resulta, como decimos, un orden, un agenciamiento10 determinado que es a la vez, en sí y por sí mismo, determinación del deseo. Pero el deseo puro, más allá de los agenciamientos a los que se ve sometido en el seno de la producción, es sencilla y llanamente deseo del deseo: “puro fluido en estado libre y sin cortes, deslizándose sobre un cuerpo pleno” (p. 14). Esta dimensión del deseo como deseo puro e inmarcesible, como pura cualidad sin cortes ni alambicamientos, pervive (ella misma el deseo en cuanto tal) en los procesos de producción binaria, donde resuena (y estorba) como el eco de un resto indisoluble. En su calidad de producto estéril demuestra una renuencia irrevocable y obtusa a desgranarse o desleirse en los agenciamientos de la producción. En este eco, en esta renuencia, en este cuerpo pleno, indivisible, contra-estante y siempre al redopelo de los flujos productivos y agenciantes, se hace percibir la voluntad del deseo (voluntad de muerte) por restablecerse en su pureza inmanente. ¿Cuál es la forma que toma esta renuencia, esta contra-estancia? La respuesta es: la de un cuerpo pleno e incólume. Este cuerpo incólume se abre paso en el bullicio de la producción como un murmullo apenas susurrado, como una grieta apenas insinuada en la arquitectura del deseo agenciado, encaminado y enveredado a través de los flujos y disposiciones de las máquinas productoras, de la gran fábrica deseante: “A las máquinas órgano, el cuerpo sin órganos opone su superficie resbaladiza, opaca y tendida. A los flujos entrelazados, conectados y definidos, les opone álitos/alientos y gritos que son otros tantos bloques inarticulados”.
La presencia (no presente11) del cuerpo incólume se “materializa” de forma sumamente indirecta. Es el intersticio o la huella silente sobre la cual se alza, como si de un bajorrelieve se tratare, el bullicio de la producción. El silencio absoluto y sin oquedades del cuerpo pleno e incólume se abre camino entonces como la negación de la negación dialéctica, como una nada no reasumible, estéril e inmóvil12. Esta instigación del deseo en forma de cuerpo pleno incanjeable no es otra cosa que la pulsión de muerte in fieri, extendiéndose y medrando por el proceso de producción como una suerte de hidra, la muerte antes de la muerte, la muerte en cuanto tal.
Bibliografía
Deleuze, G. (1969). Logique du sens. Paris, Ed. de Minuit.
Deleuze, G., & Guattari, F. (1972). Capitalisme et Schizophrénie (Vol. 1): L’anti-Oedipe. Paris, Ed. de Minuit.
Deleuze, G., & Guattari, F. (1980). Capitalisme et Schizophrénie (Vol. 2): Mille Plateaux. Paris, Ed de Minuit.
Freud, S. (1972). Gesammelte Werke/13 Jenseits des Lustprinzips. Gesammelte Werke chronologisch geordnet. Fischer.
- Más bien habría que tomar el concepto de de-scripción al pie de la letra, siendo entonces la expresión de una escritura excesiva, operada o trabajada desde dentro por el exceso de una producción improductiva como remanente de la operación lingüística, de toda operación lingüística. El cuerpo sin órganos da lugar entonces a pensar en una de-escritura o contra-escritura, caracterizada por la reinyección de cierta improductividad en el lenguaje como proceso de ensamblaje y disposición (agenciament) de códigos lingüísticos. Cabe preguntarse si no es el estilo acaso una egregia manifestación del cuerpo sin órganos, es decir, de aquella fuerza de la antiproducción que se solivianta y amotina contra las formaciones lingüísticas consuetudinarias. ¿No es el estilo el desquiciamiento del lenguaje, aquello que re-inscribe en la escritura misma el remanente improductivo de la dupla significante-significado, el fantasma imperceptible que se abre paso entre las palabras desarbolando sus códigos, a ellas como códigos? Este “exceso” del lenguaje (en sentido absoluto: genitivo subjetivo y objetivo) es una cierta forma de “exceso” contra el lenguaje mismo El estilo es el producto improductivo, el remanente de la escritura que se inscribe en ella (reinversión) como de-scripción (Ent-schreibung). ↩
- En sentido estricto, el uso del término “concepto” representa de entrada ya un abuso del lenguaje, el tipo de agresión que, a la postre, termina “suscitando” al cuerpo sin órganos como motor inmóvil en la producción deseante como del exceso, frente a todo exceso (genitivo objetivo) organizativo. Sin embargo, no puedo por menos de aludir, referirme, tratar de concernir y apelar aquello que constituye mi tema (¿cómo no excederse?), sino valiéndome de los significantes y significados que una larga tradición nos ha dispensado. Mas hago acompañar a la vez el reconocimiento de esta insuficiencia y precariedad de la siguiente precaución: el uso del significante “concepto” es meramente regulativo y renuncia de entrada a determinar la realidad a la que alude de una vez por todas. Deleuze-Guattari era bien consciente de esta problemática: El cuerpo sin órganos “no es en absoluto una noción, un concepto, más bien una práctica, un conjunto de prácticas” (Deleuze-Guattari, 1980, p. 186) ↩
- En el momento en que las burlas, se las apropia, y son entonces más suyas que nunca, gallardos desbaratamientos o trofeos que adorna la galería con que da orgulloso testimonio de su escurridiza índole. ↩
- En lo subsiguiente citaremos según la edición francesa: Deleuze, G., & Guattari, F. (1972). L’anti-Oedipe (Vol. 1). Ed. de minuit. ↩
- Véase a este respecto nuestra pequeña contribución: https://cavilaciones.blog/2023/02/27/deseo-maquina-y-movimiento-deleuze/ ↩
- Se habla aquí de afección no tanto en el sentido “patético” del término (padecer un afecto, estado de ánimo – timia – o temperamento) como en el etimológico: afección es lo que a uno se le inflinje o hace – ad-facere, afficere aliquem aliqua re). De esta forma, el sentido patético del término se nos ofrece como una aplicación del segundo, mucho más lato y elocuente. Así las cosas, podemos decir que en la receptividad afectividad lo que se nos hace son estados de ánimo, emociones, sentimientos o sensaciones, las cuales no nos queda por menos que padecer, quiérase o no.
- Sí usamos el singular es porque asumimos que ambos pensadores conforman una sola máquina de pensamiento. ↩
- Con razón se nos dice que no se trata de una nada original o proyección del propio cuerpo (p.14) ↩
- Tomamos este termino en su sentido etimológico: contra-stare. ↩
- La palabra agenciamiento (agenciament) es – como “actor”, “acción”, etc.- una substantivación del verbo latino agere (egi/actum): llevar, mover, encaminar, excitar, producir. El sufijo derivativo nominalizante -miento expresa el carácter perfecto de la acción cristalizada en la nominalización/substantivación: lo encaminado, excitado, producido, etc. ↩
- Sería interesante escrutar cuál es el modo de donación de esta contra-estancia. Sea como fuere, es evidente que no se puede, pues es imposible, hablar de una donación en presencia. El cuerpo sin órganos burla todas las estrategias de la donación en presencia en la medida en que se sitúa fuera de cualquier correlación sujeto-objeto. La acción no actuante (por improductiva) del cuerpo sin órganos se manifiesta como diferencia radical de (genitivo absoluto) todo lo que es, a saber, del proceso de producción en que estriba la gran fabrica deseante. El deseo anima, moviliza y mete en funcionamiento el ser (la producción) sustrayéndose a él de una vez por todas y retirándose al no-lugar que es la pulsión de muerte. La inmanencia es aquí la diferencia. Desde esta inmanencia, no-lugar inaccesible (el no lugar de la muerte misma), pone en marcha (motor inmóvil, negatividad radical y antitrascendente) el proceso de producción. ↩
- En este punto se echa de ver una diferencia fundamental del cuerpo sin órganos con la negación dialéctica. Esta última es sumamente ágil y dinámica, erigiéndose en el principio motriz de la evolución histórica, lógica y ontológica. La negación misma se encarga de transformar la esencia en Sujeto y la historia en Razón. La negación es en realidad la forma ponente de la razón misma en tanto que aún no se encuentra suficientemente (perfectamente) reflejada -Narciso asomándose a las futiles ondas- en las figuras parciales que cimientan su evolución. La negación es una afirmación invertida, pues con cada negación de las figuras parciales, despojándolas de su sentido original y catalizándolas a todas ellas, el Espíritu fabrica su autoposición.
Por su parte, el cuerpo sin órganos sería, extrapolado al sistema dialéctico, lo que constituye la negatividad misma de la negación en cuanto tal, la que desajusta y estropea el equilibrio homeoestático y metaestable del sistema antes de que la Razón transforme la negación en el brazo ejecutor ponente del Espíritu. Donde el cuerpo sin órganos contrapone a la productividad la plenitud sublime de lo improductivo, coloca la dialéctica superproductiva una negación hipertransformante. Para ello superpone a la negación contra-estante e inmóvil del cuerpo sin órganos la suprema agilidad de la superación (Aufhebung). En cierto sentido es la negación dialéctica el síntoma de la forclusión (Verwerfung) y sublimación de la pulsión de muerte. Avistamos desde aquí el estrecho y secreto vínculo que une el destino de la Razón al de la muerte. ↩

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